17 de mayo de 2012

Perú (Abril 2012) Cuarta Parte

5º Etapa: Máncora-Piura-Lima-Madrid

El hotel en Máncora estaba destinado a gente joven. En el centro había como una plaza rodeada por dos edificios con varias puertas, como una corrala, y tras estas puertas había varias habitaciones de muchas camas. Todas ellas compartían un baño para chicas y otro para chicos por piso y, a su vez, servían como servicios para la barra del bar y el comedor al aire libre que habia en un lateral de la placita.

Detrás del comedor, subiendo un par de peldaños y rodeado de hamacas se situaba la piscina y pasando el muro de madera de detrás de la piscina había cuatro casas con habitaciones dobles.

Estas casas tenían la habitación en el piso superior y en el inferior un baño con ducha. El piso de arriba tenía una pequeña terraza y se veía a escasos 10 metros el mar. Mi primo y yo habíamos reservado una de estas casas dobles.


Nuestro objetivo en Máncora en principio era surfear y con esa mentalidad nos pusimos en marcha a caminar por la playa hasta el centro del pueblo.

Máncora es una ciudad mucho más turística que Lobitos, algo fácil ya que Lobitos aparte del surf no tenía ningún otro atractivo. En esta ciudad se concentraban gran cantidad de bares de copas que inundaban las calles centrales con sus terrazas y con camareros estratégicamente situados cada metro y medio para ofrecerte lo mismo. A veces agobia, pero no me sentía así exactamente. Solo venía una frase a mi cabeza: "¿Es posible que alguien cambie de opinión para beberse un mojito según sea de guapa la camarera que te lo ofrece?".

Echamos un ojo al spot. La ola no tenía comparación con la de Lobitos, apenas se extendía entre 10 y 15 metros, también a izquierdas, con una altura de un metro sin tubo y masificada de surfistas. Nuestras opciones de surfear en Máncora se disiparon al momento y descartamos surfear en Máncora. Al fin y al cabo era el final de nuestro viaje, dos días allí, y podíamos dedicarnos a la fiesta.

De vuelta al hotel agarramos unas nuevas chelas y nos tiramos a la piscina. 

Con la historia que voy a contar puede que me juegue un par de amistades que hicimos allí. Esta anécdota fue tan insólita que me veo obligado a taladrarla en mi blog aunque ocultaré el nombre del protagonista en cuestión y lo haremos pasar por, por ejemplo, Wilson. Por supuesto no hice amistad con Wilson de ninguna de las maneras y de hecho creo que sigo cayéndole mal, si es que todavía me recuerda. 

Ahora que le doy una vuelta, Wilson queda bien, ¿no?. ¿No os acordais de una pelotita de voleyball en una playa desierta? Exacto, estoy siendo "inspirado" por la última película robinsoniana titulada Náufrago.

Volviendo a nuestra piscina, en las hamacas se situaban dos chicas llamadas Laura y Fiorella y dos hamacas más a la izquierda otra chica desconocida tomaba estáticamente el sol. Todo normal hasta que llegó nuestro querido Wilson a entablar una conversación con Laura y Fiorella. Este chico era muy amigo de una de ellas y durante un buen rato Wilson relató con todo lujo de detalles una historia que se podría calificar de emocionante para el narrador y tremendamente aburrida para quien la escuchase.



Tras salir nosotros del agua Wilson buscaba un mechero y Laura aprovechó para indicarle que la chica de la izquierda fumaba y tendría. En este momento de distracción, Laura giró la cabeza y entabló conversación con nosotros y Wilson, viendo que Laura estaba ocupada, siguió charlando con la muchacha.

Al cabo de un rato decidimos los cuatro, Laura, Fiorella, mi primo y yo, irnos a cenar al pueblo y avisaron a Wilson quien coincidió con nuestros deseos: Se quedaba en el hotel.

Cogimos una moto taxi como la de la foto superior, los cuatro aprisionados en la parte posterior y nos fuimos sorteando charcos hacia el centro de la ciudad. Donde nos tomamos unas copas en la playa, unas cervezas en otros locales de la zona, cenamos y nos tomamos un helado.

Aquella noche encontramos un símbolo que nos resultó tremendamente familiar. Juzgad vosotros mismos:


El burger beach de Máncora viene siendo como el Burguer Wing de Sanxenxo, que en paz descanse.

De vuelta al hotel nos pusimos de nuevo los bañadores y nos lanzamos a la piscina. Era de madrugada pero se estaba mucho mejor dentro de la piscina que fuera y desde allí divisamos el primer acto de nuestro espectáculo.

Interrumpió nuestra conversación la llegada de Wilson a la parcela de la piscina intentando controlar sus pasos y agarrando con fuerza la mano de la muchacha con la que conversó bastantes horas atrás, entró a la habitación dejando en su cama una sábana ante la atenta mirada de los dos muchachos de seguridad.

Nos saludó enfadado y se dirigió a negociar con los de seguridad la posibilidad de cambiar de habitación a una para parejas, como la nuestra, pero estaban todas ocupadas. La segunda opción que planteó era que la chica pudiese dormir en su habitación o él en la de la chica, pero sus habitaciones eran compartidas y no podían permitirlo.

Visiblemente enfadado vino a hablar con Laura y Fiorella. Laura intentó calmarle pero era imposible y Wilson respondía con malos modos cuando en un determinado momento me dirigió la palabra diciendo: "¿Qué le has dado de tomar?". No pude contener la risa y, evitando que la cosa fuese a mayores, me levanté y me tiré al agua de la piscina.

Laura se negó a ayudarle pues estaba borracho y fuera de sí y tras un intento mínimo de mi primo por entablar una conversación calmada con Wilson, éste le respondió con: "Contigo no estoy hablando".

Suficientes razones para que los cuatro volviésemos a la piscina y Wilson se entendiese con seguridad. Wilson quiso entonces pagar todos sus gastos e irse del hotel con su muchacha pero ni siquiera eso era posible ya que el bar estaba cerrado y no tenían acceso a sus deudas en la barra. Obviamente el chico de seguridad no le creyó cuando Wilson contó aproximadamente 15 chelas consumidas y consiguió que dejase en el hotel sus cosas hasta el día siguiente como garantía de pago. 

Wilson cogió a su chica y salió por la puerta principal del hotel con un cabreo monumental y nosotros nos quedamos comentando la jugada en la piscina. Se acabó el capítulo Wilson, pensamos.

Por si estais interesados en temas legales, el límite de alcohol espirado con lo que se considera incapaz de conducir asciende a 10 nuevos soles, unos 2 euros y medio.

Poco después decidimos retirarnos a dormir y descansar para la fiesta del día siguiente.

Amanecimos con un sol de justicia que hacía que la arena tuviese la temperatura de las brasas. Nos dirigimos a pasar la mañana en la playa y a saltar las olas orilleras. Al considerarlo suficiente volvimos para comer en el hotel y, como en lobitos, disfrutamos de un par de platazos con aspecto similar a los tallarines saltados del día anterior, que tenían la siguiente pinta:


Volvimos a pasar la tarde en la piscina mientras se preparaba en el hotel la carpa para celebrar la noche de la luna llena. Toda la gente de Máncora estaba invitada a la fiesta y esto nos venía de lujo, ya que al día siguiente teníamos que volver a Lima de alguna forma y estábamos directamente en nuestro hotel.

Comenzó la fiesta con barbacoa y música, se llenó el hotel de gente y escogimos una mesa para mantener nuestras bebidas estables. En ese momento surgieron dos apariciones estelares, Wilson por un lado, con su enamorada bailando con una chela pegada en su mano constantemente. Laura nos comentó que Wilson había zanjado su cuenta del bar del día anterior que calculaba contener unas 15 chelas pero que en realidad ascendían a 32. Tras escuchar este dato le dí imaginariamente mi condecoración a mayor borracho de cerveza conocido capaz de caminar.

La segunda aparición estelar vino en forma de visitante anónimo con la camisa más horrible que uno se puede echar en mente. Posiblemente el chico tuviese dos motivos: destacar y que nadie le copiase. No hace falta jurar que lo consiguió durante toda la noche.

Corrian las horas, la música se animaba y yo, que no suelo bailar, me vi forzado a levantarme y hacer unos pequeños movimientos de cadera marcados pensando que era suficiente, pero no lo fue.

Fiorella se afianzó como mi pareja de baile y Laura como la de mi primo y allí empezamos a tomar lecciones de salsa, reggaeton y diferentes ritmos latinos que la mayoría de las veces me negué a escuchar. Pero estábamos en Perú, eso es lo que tocaba y era el último día.

Nos acostamos aproximadamente a las 5 de la mañana para despertarnos a las 9. Nuestro objetivo ese día consistía en coger una moto, ir a por dinero, volver al hotel, pagar, coger la moto de nuevo a la estación de bus, cuatro horas de autobús a Piura, comer y coger el avión a Lima. Aprovechamos para dejarles de recuerdo a Fiorella y Laura nuestro repelente de mosquito que tantas veces nos lo pidieron. Si vais a Máncora alguna vez, es OBLIGATORIO comprar un repelente.

Aprovechamos el bus para dormir lo que no habíamos dormido la noche anterior y al llegar a Piura cogimos un taxi hacia el aeropuerto para saber a que hora salía nuestro avión.

Mientras comíamos vimos un pickup que se paraba a nuestro lado y para sorpresa nuestra resultó ser el coche que nos había traido hasta Máncora dos dias antes. La familia quería volar a Lima de nuevo a la vez que nosotros y coincidimos "casualmente" en fecha y hora de vuelo.

Englobo entre comillas ese casualmente porque no es dificil coincidir habiendo cuatro vuelos diarios con el mismo destino.


Apenas salimos esa noche por Lima, estábamos tremendamente cansados y mi vuelo a Madrid salía a las 10 de la mañana. Preparé la maleta, recogí todas mis cámaras y similares, no sin antes intercambiar las fotos con mi primo y fuimos a dormir.

Al día siguiente, despertándonos a las 6 de la mañana ya por última vez, llamamos al taxi, nos fuimos al aeropuerto y me despedí de mi primo y gran amigo Manuel. Una aventura sin descanso para enmarcar y con la mejor compañía posible. Muchas gracias por todo.

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